No sé  por qué, pero llegamos a creernos perfectos, los dueños de la verdad de la vida y llegamos a creer que los demás deben vivir como nosotros queremos.

Resulta que cada quien es como es y se comporta como quiere. Mientras no tengamos claridad sobre eso, vamos a caminar por una vida llena de disgustos y sin sabores.

La brega con el otro empieza desde la casa. Con los padres y hermanos, recuerdo cuando mi mamá me llamaba los domingos o me pedía que hiciera algo en casa y  me daba una pereza mortal, o cuando debía compartir en paseo con los hermanos y tenía que ceder el lugar que me gustaba. Pero en esa época no tenía conciencia de eso y me agarraba fuertemente y a los gritos, si era necesario, para defender mi posición.

Luego viene la pareja y de alguna manera una quiere cambiar la manera de ser de esa persona y convierte a ratos, la relación en una guerra de poderes.

La vida pasa, la experiencia llega  y empieza  a entender que cada cual es cada cual y tiene su propia forma de ver la vida y de hacer las cosas.

Si uno es inteligente, pacta con eso y no se da mala vida. Si uno es terco, mantiene un combate permanente con los otros. Nadie cambia a nadie. Se pueden hacer negociaciones en paz, dando y dando. Es decir, usted cede y el otro cede en algunos aspectos. Pero hay que aceptar la diferencia, amarla y aprender a vivir con ella.

El día que entendemos eso, podemos decir que maduramos. Y tomamos la vida  con mucha más calma y podemos vivir en paz.