Recordando que debemos custodiar la paz en nuestros corazones, comenzó el Papa su homilía de hoy. Su Santidad habló sobre el sufrimiento en los pueblos que asumen las consecuencias de las guerras queridas por los potentes y los traficantes de armas.

Fueron tres puntos: la paloma, el arcoíris y la alianza, en los que el Obispo de Roma se centró en su homilía y que están en la primera lectura, del libro del Génesis. Primero, el Papa habló sobre la paloma que liberó Noe tras el diluvio y que regresó después con una rama de olivo, su Santidad explicó que eso era “el signo de aquello que Dios quería después del diluvio: la paz, que todos los hombres estuvieran en paz”, también se refirió al arcoíris y afirmó que estos dos elementos son frágiles. “El arcoíris – añadió – es bello después de la tempestad, pero después viene una nube y desaparece”.

El Papa Bergoglio recordó como una gaviota mató a dos palomas que había liberado junto a dos niños desde la ventana del Palacio Apostólico, hace dos años, a la hora del Ángelus dominical.

La gente muere por las guerras queridas por los potentes y los traficantes de armas

“La alianza que Dios hace es fuerte pero nosotros la recibimos, la aceptamos con debilidad. Dios hace la paz con nosotros, pero no es fácil custodiar la paz” comentó el Papa. “Es un trabajo de todos los días porque dentro de nosotros está todavía aquella semilla, aquel pecado original, el espíritu de Caín quien, por envidia, celos, codicia y deseo de dominación, hace la guerra” añadió.

Su santidad notó que al hablar de alianza entre Dios y los hombre, se habla de sangre, dice en la primera lectura “De su sangre yo les pediré cuentas; pediré cuentas a cada ser vivo y pediré cuentas al hombre de la vida de su hermano”. Y observó que nosotros “somos custodios de los hermanos y cuando hay derramamiento de sangre, hay pecado, y Dios nos pedirá cuentas

“Hoy en el mundo hay derramamiento de sangre. Hoy el mundo está en guerra. Tantos hermanos y hermanas mueren, también inocentes, porque los grandes, los potentes, quieren un pedazo más de tierra, quieren un poco más de poder o quieren obtener más ganancias con el tráfico de armas. Y la Palabra del Seños es clara: ‘De su sangre, o sea de su vida, yo pediré cuentas; pediré cuentas de esto a cada ser vivo y pediré cuentas de la vida del hombre al hombre, a cada uno de sus hermanos’. A nosotros también  nos parece que estamos en paz aquí. Pero el Señor pedirá cuentas de la sangre de nuestros hermanos y hermanas que sufren la guerra”.

Custodiar la paz: la declaración de guerra comienza en cada uno de nosotros

Francisco se preguntó: “¿Cómo custodio yo a la paloma? ¿Qué hago para que el arcoíris sea siempre una guía? ¿Qué hago para que no se derrame más sangre en el mundo?”. Ratificó que todos “estamos implicados en esto” y que la oración por la paz “no es una formalidad, el trabajo por la paz no es una formalidad” y comentó con amargura que “la guerra comienza en el corazón del hombre, comienza en casa, en las familias, entre amigos y después va más allá, a todo el mundo”. Su Santidad invitó a preguntarnos ¿Qué hago yo cuándo siento que llega a mi corazón algo que quiere destruir la paz?”

La guerra comienza aquí y termina allá. Las noticias, las vemos en los periódicos o en los telediarios… Hoy tanta gente muere y aquella semilla de guerra que produce la envidia, los celos, la avidez en mi corazón, es la misma – germinada, hecha árbol –  que la bomba que cae sobre un hospital, sobre una escuela y mata a los niños. Es lo mismo. La declaración de guerra comienza aquí, en cada uno de nosotros. De ahí la pregunta: ‘¿Cómo custodio yo la paz en mi corazón, en mi intimidad, en mi familia?’. Custodiar la paz, no sólo custodiarla: hacerla con las manos, artesanalmente, todos los días. Y así lograremos hacerla en el mundo entero”.

El recuerdo de un niño del fin de la guerra

También, el Papa afirmó que la sangre de Cristo es la que hace la paz, pero recordó que no es “la sangre que los traficantes de armas o los potentes hacen que se derrame en el mundo”. Además, compartió un recuerdo personal de cuando era niño, con los asistentes a la eucaristía:

“Recuerdo: comenzó a sonar la alarma de los Bomberos, después de los periódicos y en la ciudad… Esto se hacía para llamar la atención sobre un hecho o una tragedia y otra cosa. E inmediatamente oí a la vecina de casa que llamaba a mi mamá: ‘¡Señora Regina, venga, venga, venga!’. Y mi mamá salió un poco asustada: ‘¿Qué ha sucedido?’. Y aquella mujer, del otro lado del jardín, le decía: ‘¡Terminó la guerra!’ y lloraba”.

Su Santidad recordó el llanto y la alegría porque la guerra había terminado y terminó su homilía de hoy diciendo: “Que el Señor nos dé la gracia de poder decir: ‘La guerra ha terminado’ y llorando. ‘Ha terminado la guerra en mi corazón, ha terminado la guerra en mi familia, ha terminado la guerra en mi barrio, ha terminado la guerra en mi lugar de trabajo, ha terminado la guerra en el mundo’. Así será más fuerte la paloma, el arcoíris y la alianza”.

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