Te invitamos a rezar juntos todos los días del año el santo Rosario como nos dice el Papa Francisco “Quisiera recordar la importancia y la belleza de la oración del santo Rosario. Rezando el Ave María, somos conducidos a contemplar los misterios de Jesús, es decir a reflexionar sobre los momentos centrales de su vida, para que, como para María y para san José, Él sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestras atenciones y de nuestras acciones”. Papa Francisco

Lunes

Misterios Gozosos

1. La anunciación del ángel Gabriel a la virgen María y la encarnación del hijo de Dios

Él ángel le contestó a María: “El espíritu santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra. (Lucas 1, 35).

La primera rosa blanca que deshojamos hoy es la de agradecer a María porque aceptó generosamente ser la madre de Jesús. Dios le reveló el misterio de su amor, ella debía estar implorandole cumpliese las promesas hechas por medio de los profetas. Le pedía que como cae el rocío, así llegase el mesías esperado. El ángel Gabriel, le anunció que la alegría llegaba por medio de ella a la tierra. Le dijo que sería la madre de quien se sentaría en el trono de David, de quien regiría a los hijos de Israel. Sería el poder del Espíritu Santo, quien haría que las entrañas de nuestra señora floreciese y que la palabra de Dios tomase carne en tu cuerpo. María se declaró esclava del Señor y aceptó su misión. María hoy te saludamos, te agradecemos, nos alegramos contigo.

2. La visitación de la virgen María a su prima Isabel y santificación de Juan Bautista

Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se movió en su vientre y ella quedó llena del Espíritu Santo. (Lucas 1, 41).

Virgen María, queremos pensar en ti. Cuando caminabas presurosa por las montañas de tu tierra y querías visitar a tu parienta Isabel. Te imaginamos María cuando llegaste a casa de tus familiares y saludaste con las palabras de paz que eran usadas en tu pueblo. María, tú eres la madre del Señor, que te hiciste servidora de los hombres, tú eres reconocida y llamada feliz, porque en ti se cumplen las promesas de Dios y así te llamarán todas las generaciones. María tú, llena del Espíritu Santo, te convertiste en profesora de alabanza. Tu nos enseñas a proclamar la grandeza del Señor y a admirarnos ante el poder de nuestros Dios que hace maravillas entre quienes le temen, exalta a los humildes y alimenta a los hambrientos.

3. El nacimiento de Jesús en un portal de Belén

En Belén le llegó a María el tiempo de dar a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. (Lucas 2,6 -7).

Hoy quisiéramos María, ponerte un ramillete de rosas porque eres la madre amorosa que sostiene a Jesús, que lo contempla y lo besa, que lo acaricia y lo alimenta. Él es el hijo de Dios hecho hombre, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Él nació en la pobreza de un establo pero encontró los brazos tuyos y tu corazón amante, tú eres la madre de Jesús, la madre de Dios, ese es tu título más glorioso. Engendraste a tu creador, diste a luz a quien es el sol que nace de lo alto, cargaste a quien sostiene el mundo, protegiste al poderoso de Israel. María, recibe hoy nuestra gratitud, nuestra alabanza, nuestra veneración, permitenos acercarnos a ti como lo hicieron los pastores y los magos y contigo, envuelto en pañales encontrar al rey y al pastor de nuestros corazones.

4. La presentación del niño Jesús en el templo

Simeón dijo a María, éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel. (Lucas 2, 3-4).

Queremos contemplarte María, cuando fuiste al templo de Jerusalén para presentar a tu hijo en la casa de su Padre. Llevabas dos palomitas, signo de tu amor y de tu pobreza, te acompañaba José, tu esposo virginal. Fuiste acogida por dos ancianos, un hombre y una mujer. Simeón el anciano, quedó extasiado al contemplar a Jesús, lo llamó luz de Israel y salvador y a ti te anunció que la palabra del Señor, como si fuera una espada, se hundiría en tu corazón. La mujer anciana de 84 años no podía callar y anunciaba a todos los presentes la salvación de Israel. María, presentanos a nosotros también ante el Padre, a nosotros que somos pecado, pídele que nos ilumine. A nosotros culpables, suplícale que nos salve. Dile que deseamos vivir en tu presencia, convertirnos en su templo, en su morada.

5. La pérdida y el hallazgo del niño Jesús

Jesús les dijo: ¿Por qué me buscaban? no sabían que yo debía estar en la casa de mi padre. (Lucas 2, 49).

María, te queremos acompañar en la búsqueda de Jesús, guía nuestros pasos con la misma confianza angustiada con que anduviste mientras buscabas a tu hijo. Tres días tardaste en encontrarlo, que debieron parecerte una eternidad, pero luego te llenaste de gozo al verlo de nuevo. También nosotros queremos encontrarlo, queremos verlo, queremos escucharlo, queremos suplicarle que no se aleje de nosotros, queremos que nos enseñe a ocuparnos en las cosas de su Padre. Queremos aprender de él a crecer en edad, en estatura, en gracia y sabiduría. Queremos ser como Él, obedientes a la voluntad del Padre, queremos como tú, que no todo lo comprendamos, vivir pensando en Dios y guardando su presencia en nuestro corazón. Queremos imitar a Jesús en el silencio, en la humildad, en la obediencia, en la sencillez.

Martes

Misterios Dolorosos

1. La oración de Jesús en el huerto de los Olivos

Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. (Lucas 22, 42).

María, queremos invocarte mientras pensamos en Jesús y su agonía en el jardín de los Olivos, en su angustia. Cuando gritaba con clamor y lágrimas, Abba si es posible aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.Te invocamos María, a ti unida espiritualmente a tu hijo mientras aún los discípulos más cercanos dormían. Queremos señora pensar en Jesús, bañado en sudor y en sangre, quien vigilaba orando cuando se acercaba el traidor que quería entregarlo con un beso,mientras los soldados del templo se apresuraban en las tinieblas a apresarlo pensando que podrían apagar la luz. María, enséñanos a combatir en la agonía de la existencia, en la lucha de las tentaciones, en el combate por mantener la virtud. Enséñanos a ser fieles, aún a costa del dolor y de la sangre.

2. La flagelación de Jesús atado a una columna

Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como alguien que no merece ser visto, lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta. (Isaías 53, 3).

Te mandaron a azotar, Jesús. Los golpes de los látigos cayeron inmisericordemente sobre tus espaldas hasta hacerte sangrar. Tus brazos, tus piernas se llenaron de heridas, cada fuetazo vulneraba tu cuerpo que no había merecido ningún castigo. Por qué ordenó ese tormento el cobarde gobernador romano a pesar de reconocer que tu eras inocente. Te estaban tratando como un gusano, no como a un hombre. Te estaban desfigurando el cuerpo, de modo que hasta mirarte causaba desagrado, era preferible volver hacia otro lado el rostro. Tú eras el hombre, el varón de dolores, el cordero silencioso ante quien lo trasquila, la oveja presentada al sacrificio. María dolorosa, enséñanos a mirar a Jesús destrozado por nuestras culpas y a suplicarle perdón.

3. La corona de espinas colocada sobre la cabeza de Jesús

Los soldados lo vistieron de púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñen y se pusieron a saludarle: “Salve rey de los judíos.” (Marcos 14, 17-18).

Jesús, tú eres nuestro señor, tú nuestro rey. Los soldados quisieron burlarse de ti cuando te revistieron con un manto de color púrpura, cuando te coronaron de espinas. Para culminar la mofa que te hacían, pondrían luego un letrero, redactado en el idioma de los sabios, en el de los religiosos y en el de los dominadores, para reconocer que tú eras el nazareno, el rey de los judíos. Las espinas de la corona te punzaron las sienes y la cabeza, pero no te impedían pensar, ni te impedían amar. Por el contrario, cada aguja que penetraba tu cabeza, te recordaba que estabas sufriendo por nosotros y te decía que tú, el Rey de reyes y Señor de señores, te hacías esclavo para líbrarnos a todos con las monedas de tu sangre. Por ese dolor en tu cabeza y en tu sienes, perdona Jesús nuestros olvidos y nuestras distracciones de ti.

4. El camino del calvario con la cruz a cuestas

Jesús, cargando con su cruz salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota. (Juan 19, 17).

Señor Jesús, tú aceptaste por nosotros la cruz, tú quisiste llevar sobre tus hombros el madero al que te habrían luego de clavar. Era un pesado tronco de árbol, al llevarlo te oprimían los hombros, de tal manera que tus mismos verdugos juzgaron preferible que te ayudará Simón, el llamado cireneo. Tú señor habías dicho que todo el que desee seguirte, debe tomar su cruz cada día y marchar contigo hasta la muerte. Contigo todos debemos morir a nuestros pecados y pasiones, esa es la condición indispensable para poder resucitar. Señor, contigo queremos tomar la ruta del calvario. Tú, el inocente, nosotros los culpables, tú el que merece vivir y nosotros los que merecemos morir. Tú, el que te entregas al suplicio, para que nosotros seamos perdonados, para que sean rotas nuestras cadenas, abiertas nuestras prisiones. 

5. La crucifixión y muerte del Señor

Cuando Jesús tomó el vinagre, todo está cumplido e inclinando la cabeza entregó el espíritu. (Juan 19,30).

Señor Jesús, al llegar a la cumbre del calvario te despojaron de tus vestidos y los echaron a suerte entre los soldados. Porque tú renunciaste a todo por nosotros. Luego te clavaron de las manos y de los pies a la cruz, para que no te bajaras nunca, ni siquiera para escapar al suplicio y probar que eras el hijo de Dios. Desde entonces en tu cuerpo brillan estas heridas como si fueran claveles rojos. Tu quedaste ahí, entre el cielo y la tierra. como un puente a través del cual pasan las súplicas que los hombres le dirigimos a Dios. Ahí Jesús, muriéndote de sed, abandonado de todos, estás perdonando, estás pensando en María y en tu discípulo amado. Estás llevando la seguridad del perdón y del paraíso a un facineroso que también moría contigo, estás Jesús entregando tu espíritu en manos de tu padre, ahí estás Jesús muriendo por nosotros como expresión definitiva de tu amor, pues como decías, nadie tiene mayor amor, que quien da la vida por sus amigos. Con esa muerte Jesús, nos has salvado y redimido y nos has dejado a una madre la mujer que te acompaño hasta el último momento de tu existencia, la que te amaba, como si no tuviera contigo sino un solo corazón y nos has entregado tu espíritu, porque deseábas quedarte en nosotros y con nosotros para siempre.

Miércoles

Misterios Gloriosos

1. La resurrección de Jesucristo de entre los muertos

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana. Se presente Jesús y les dijo: “La paz con vosotros”, dicho esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. (Juan 20, 19- 20).

María, queremos alegrarnos contigo. Tu hijo a vencido la muerte y reina para siempre, Él lo había prometido y lo cumplió, porque es testigo fiel y veraz, porque él es el amén, en quien se cumplen todas las promesas de Dios a los hombres. Él está vivo, no es un fantasma, existe para comunicarnos la paz, la presencia de su espíritu entre nosotros, el perdón de los pecados, para enviarnos a predicar en su nombre y a formar discípulos. Para confiar sus corderos y sus ovejas al apóstol que lo ama, para demostrar que será feliz quien crea aunque no haya visto con los ojos del cuerpo, sino con la fe que ilumina la vida interior.

2. La ascensión de Jesucristo al cielo

Jesús alzando las manos, los bendijo y sucedió que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. (Lucas 24, 50).

María, queremos gozar con la exaltación de tu hijo al cielo, a la derecha del Padre. Es una fiesta gozosa que nos causa profundo regocijo, una fiesta gloriosa que manifiesta el poder de Dios, es una fiesta admirable que nos llena de estupor y nos hace prorrumpir en alabanzas. Pensamos en Jesús victorioso, que asciende entre aclamaciones y es reconocido como Cristo y Señor, ante quien toda rodilla se dobla, mientras toda lengua reconoce su señorío universal. Él es nuestra cabeza, a la que nos sentimos unidos y con la que debemos vivir para siempre. A Él lo esperamos, cuando venga glorioso sobre las nubes y mientras llega queremos trabajar en el mundo, construir la civilización del amor y extender por doquiera las fronteras de su reino.

3. La venida del Espíritu santo sobre los apóstoles en Pentecostés

Vinó del cielo un ruido como el de una rafaga de viento impetuoso, que llenó la casa donde se encontraban y quedaron todos llenos del Espíritu Santo. (Hechos 2, 2- 4).

Tú estabas con los 120 discípulos, núcleo de la iglesia primera e implorabas la presencia del espíritu santo, tú eras conocedora experimentada de cómo actúa ese espíritu de Dios. Él te había hecho la madre de Jesús, él había guiado tu alabanza en casa de Isabel, él había hecho profetizar al anciano que te recibió en el templo cuando fuiste a presentar a Jesús, él te recordaba lo que decía Jesús y te ayudaba a conservarlo en tu corazón. Él es el vino que necesita tu pueblo, que él mismo da cuando tú intercedes. Ahora María, queremos suplicarte consigas para nosotros y para la iglesia un pentecostés permanente. Que el espíritu venga y nos bautice, nos cubra con su sombra, nos llene de poder, nos unja con su óleo bendito, se derrame en nosotros como si fuera un diluvio que nos posibilite comportarnos como hijos del Padre y anunciar la resurrección del Señor y convertirnos en servidores de la iglesia.

4. La asunción de la virgen María al cielo

Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. (1 Corintios 15, 53).

En este momento virgen María, queremos alegrarnos contigo porque esta es tu pascua. Nosotros creemos que tú estás para siempre con tu hijo en la gloria. No sabemos si moriste, si fuiste llevada al cielo sin morir, pero si creemos que Jesús te honró como un hijo puede honrar a la mujer que le dio la existencia en el mundo. Tu pascua, virgen María es un eco de la que vivió Jesús, es un don del espíritu que es Señor y dador de vida, esa pascua tuya es un nuevo signo. Si necesitaramos todavía uno más de nuestro tránsito definitivo hacia la gloria. Un día estaremos contigo en la gloria, será un momento de alegría inmensa contemplar tu rostro y aclamarte bienaventurada por siempre.

5. La coronación de María como reina y señora de todo lo creado

Una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. (Apocalipsis 12, 1).

Virgen María, te celebramos como la mujer coronada de estrellas y vestida de sol, como la triunfadora de la serpiente, como la imagen de la iglesia en quien se cumplen en plenitud las promesas hechas por Dios. María te contemplamos bendecida por Dios, tú la auxiliadora, el perpetuo socorro, la misericordiosa, la reina, la señora, la virgen. Todos los títulos que te damos son válidos cuando quieren expresar tu gracia y tu poder, recíbelos como humildes alabanzas en tu honor, pero sobretodo recibe el título de la ternura, del cariño filial y del amor. El título que te lleva nuestros besos y nuestras lágrimas, tú eres nuestra madre y tu corazón es el mar del amor hermoso en el que un día esperamos naufragar.

Jueves

Misterios Luminosos

1. El bautismo de Jesús en el río Jordán Bautizado

Jesús se abrió el cielo y bajó sobre él, el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma. (Lucas 3, 21- 22).

Virgen María, queremos invocar tu protección durante el rezo de esta decena del rosario, en la que pensaremos en el bautismo que recibió Jesús en el río Jordán. Él acababa de salir de tu hogar en Nazaret, tú sabías que había terminado el tiempo, esa etapa como de 30 años, cuando él compartía sus sueños, sus anhelos, sus proyectos contigo en la aldea de su infancia. Entonces él viajó como muchos de su pueblo, a donde Juan Bautista su primo estaba invitando a la conversión, cerca del río Jordán. Juan era un profeta que motivaba a sus oyentes al cambio de vida, a ser honrados, a ser pacíficos, a enderezar los caminos para el Señor y a Juan se le ha llamado el precursor, porque anduvo delante del Señor, para prepararle los caminos mientras anunciaba la salvación y el perdón de los pecados. Jesús bajó a las aguas del río para hacerse bautizar, Él no tenía culpa alguna de que arrepentirse, pero quiso compartir nuestra situación de pecadores, bajó al río como bajaría más tarde al seno de la tierra muriendo por nosotros. Cuando Jesús recibía el baño del Jordán, estaba orando, fue cuando se desgarraron las nubes, cuando el Espíritu Santo lo bautizó en su amor bajó sobre él, como si fuera una paloma que desea anidar, se posó sobre él, permaneció sobre él. En adelante el espíritu lo impulsaría por doquiera, lo acompañaría en el desierto, le daría fuerza para sanar a los enfermos, para abrir prisiones, para expulsar demonios, para alabar al Padre del cielo, para llegar valientemente hasta la cruz. Virgen María, tú que también fuiste colmada de Espíritu Santo, intercede por nosotros, para que también nosotros seamos bautizados por ese espíritu que descendió sobre Jesús.

2. La autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná

En Caná de Galilea dio Jesús comienzo a sus señales, manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos. (Juan 2, 11).

María intercesora, así queremos saludarte hoy, a ti la que descubriste en la fiesta de Caná a la que asistias con tu hijo Jesús y con sus discípulos se había acabado el vino. María la que sabes darte cuenta discretamente de nuestras necesidades, la que percibes cuando nos falta el vino de la alegría, el vino de la salud, el vino de la presencia del Espíritu Santo. Tú sabes interceder María, tú sabes decirle a Jesús lo que nos falta y tú sabes decir hagan lo que él les diga, con la seguridad de que él siempre dirá siempre lo mejor para nosotros lo que más nos conviene, él nos dirá que para tener el gozo y la paz debemos amar, él nos dirá que debemos perdonar, nos dirá que debemos servir, él nos dirá que para ser los primeros, debemos esperar los últimos lugares y que para poseer debemos dar, y que para ser exaltados debemos bajarnos y que para resucitar debemos morir. Él nos dirá que para tener el abundante vino de la fiesta debemos llenar de agua los cántaros, y que para nutrir a la muchedumbre debemos dar nuestro pequeño tesoro de cinco panes, que para recoger una pesca milagrosa debemos confiar en su palabra y lanzar la red aunque toda la noche hayamos trabajado en vano. Jesús se reveló con signos, ese fue el primer y sus discípulos creyeron en él.

3. El anuncio del reino de Dios

Jesús comenzó a predicar y a decir conviértanse, porque el reino de los cielos ha llegado. (Mateo 4,17).

Jesús, nuestro Señor fue el enviado de Dios, la palabra del Padre. Dios había hablado a su pueblo en muchas ocasiones y de múltiples maneras, pero al llegar la plenitud de los tiempos nos envió como mensajero del evangelio y heraldo de estupendas noticias a su propio hijo. Él era la palabra que existía desde siempre, vuelto hacia el rostro de su Padre, por él habían sido hechas todas las cosas., pero movido por el amor para que el mundo no se perdiese sino que fuera salvado, plantó su tienda entre los hombres. El mundo de pecado, egoismo y ambición no lo quiso recibir, más aún procuro apagar la luz que estaba disipando las tinieblas. Pero, él venció la oscuridad, él difundió su mensaje de conversión anunciando la cercanía del reino de Dios que era él mismo y que era su espíritu en los corazones. Jesús anduvo por todos los caminos de su tierra, predicando el amor a Dios y la salvación que él mismo estaba trayendo al mundo. Predicó Jesús el amor entre los hombres y la necesidad del perdón, predicó el servicio desinteresado a los demás, predicó la salvación del pecado, del dolor y de la muerte. Jesús anunció la vida nueva y la resurrección de los muertos, alrededor de él se congregaron numerosos discípulos que bautizados por el espíritu configuran la iglesia que sigue estando centrada en Jesús y en su palabra.

4. La transfiguración de Jesús

Se formó una nube que los cubrió con su sombra y vino una voz desde la nube: Este es mi hijo amado, escuchenlo. (Marcos 9, 7).

María, ahora queremos suplicarte que nos enseñes a orar con la fe, con el fervor, con el amor con que lo hacías tú. Como lo hacía tu hijo Jesús, cuando Él oraba se sumergía en amor del Padre y en la nube gloriosa del espíritu. El padre celestial se le revelaba, le daba a conocer que Él lo tenía por hijo de sus complacencias, por el enviado a quien los hombres debían escuchar. Cuando Jesús oraba se cumplian los anuncios de la ley de los profetas, de Moisés y de Elías y se difundia el gozo del Señor de modo que hasta los discípulos querían permanecer en la montaña. Cuando Jesús oraba su rostro se transfiguraba y dejaba percibir ese misterio de amor que se escondía en su corazón y hacía que su rostro brillara como brillaba el rostro de Moisés, cuando subía a la montaña a dialogar con Dios. Virgen María permite que el tesoro que llevamos oculto en vasos de barro también se manifieste, que lo sepamos apreciar, que cuando hablamos con el Padre del cielo descubramos todos ese misterio que se manifestará un día, aunque ahora esté velado por la opacidad de nuestros cuerpo y por la nube del espíritu.

5. La institución de la Eucaristía

Cada vez que coman este pan y beban esta copa anuncian la muerte del Señor, hasta que vuelva. (1 Corintios 11, 29).

Virgen María, tú viviste en función de tu hijo. El cuerpo bendito de Jesús se formó en tus entrañas y de tu cuerpo y de tu sangre tomó sus células germinales, los rasgos físicos del Señor dentro de su ser de hombre, debían recordar tus rasgos de madre y de mujer. También tú marcaste los rasgos del cuerpo de Cristo que es la iglesia, porque tu eres la madre y la hija primogénita de la iglesia. La fe, la esperanza, el amor de la iglesia y todo el cortejo de virtudes que la caracterizan, son copia y reflejo de tus propias virtudes. Virgen santa, por eso en ti vemos el modelo de lo que debe ser nuestra devoción eucarística, atención a la palabra, fervor en la oración, adoración en la presencia del redentor, invocación al espíritu que hace maravillas, unión plena con Jesús presente en el altar, fe en el misterio del altar, meditación silenciosa ante Jesús sacramentalmente presente. Tú que lo acogiste en tus entrañas y lo tuviste en el corazón, enséñanos a recibirlo en el sacramento del altar, Él fue la vida tuya, tu corazón, la razón de tu existir. Él también puede ser nuestra vida, quien se alimenta de Él y de su palabra y de su cuerpo y de su sangre será resucitado en el último día.

Viernes

Misterios Dolorosos

1. La oración de Jesús en el huerto de los Olivos

Padre si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya. (Lucas 22, 42).

María, queremos invocarte mientras pensamos en Jesús y su agonía en el jardín de los Olivos, en su angustia. Cuando gritaba con clamor y lágrimas, Abba si es posible aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.Te invocamos María, a ti unida espiritualmente a tu hijo mientras aún los discípulos más cercanos dormían. Queremos señora pensar en Jesús, bañado en sudor y en sangre, quien vigilaba orando cuando se acercaba el traidor que quería entregarlo con un beso,mientras los soldados del templo se apresuraban en las tinieblas a apresarlo pensando que podrían apagar la luz. María, enséñanos a combatir en la agonía de la existencia, en la lucha de las tentaciones, en el combate por mantener la virtud. Enséñanos a ser fieles, aún a costa del dolor y de la sangre.

2. La flagelación de Jesús atado a una columna

Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como alguien que no merece ser visto, lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta. (Isaías 53, 3).

Te mandaron a azotar, Jesús. Los golpes de los látigos cayeron inmisericordemente sobre tus espaldas hasta hacerte sangrar. Tus brazos, tus piernas se llenaron de heridas, cada fuetazo vulneraba tu cuerpo que no había merecido ningún castigo. Por qué ordenó ese tormento el cobarde gobernador romano a pesar de reconocer que tu eras inocente. Te estaban tratando como un gusano, no como a un hombre. Te estaban desfigurando el cuerpo, de modo que hasta mirarte causaba desagrado, era preferible volver hacia otro lado el rostro. Tú eras el hombre, el varón de dolores, el cordero silencioso ante quien lo trasquila, la oveja presentada al sacrificio. María dolorosa, enséñanos a mirar a Jesús destrozado por nuestras culpas y a suplicarle perdón.

3. La corona de espinas colocada sobre la cabeza de Jesús

Los soldados lo vistieron de púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñen y se pusieron a saludarle: “Salve rey de los judíos.” (Marcos 14, 17-18).

Jesús, tú eres nuestro señor, tú nuestro rey. Los soldados quisieron burlarse de ti cuando te revistieron con un manto de color púrpura, cuando te coronaron de espinas. Para culminar la mofa que te hacían, pondrían luego un letrero, redactado en el idioma de los sabios, en el de los religiosos y en el de los dominadores, para reconocer que tú eras el nazareno, el rey de los judíos. Las espinas de la corona te punzaron las sienes y la cabeza, pero no te impedían pensar, ni te impedían amar. Por el contrario, cada aguja que penetraba tu cabeza, te recordaba que estabas sufriendo por nosotros y te decía que tú, el Rey de reyes y Señor de señores, te hacías esclavo para líbrarnos a todos con las monedas de tu sangre. Por ese dolor en tu cabeza y en tu sienes, perdona Jesús nuestros olvidos y nuestras distracciones de ti.

4. El camino del calvario con la cruz a cuestas

Jesús, cargando con su cruz salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota. (Juan 19, 17).

Señor Jesús, tú aceptaste por nosotros la cruz, tú quisiste llevar sobre tus hombros el madero al que te habrían luego de clavar. Era un pesado tronco de árbol, al llevarlo te oprimían los hombros, de tal manera que tus mismos verdugos juzgaron preferible que te ayudará Simón, el llamado cireneo. Tú señor habías dicho que todo el que desee seguirte, debe tomar su cruz cada día y marchar contigo hasta la muerte. Contigo todos debemos morir a nuestros pecados y pasiones, esa es la condición indispensable para poder resucitar. Señor, contigo queremos tomar la ruta del calvario. Tú, el inocente, nosotros los culpables, tú el que merece vivir y nosotros los que merecemos morir. Tú, el que te entregas al suplicio, para que nosotros seamos perdonados, para que sean rotas nuestras cadenas, abiertas nuestras prisiones. 

5. La crucifixión y muerte del Señor

Cuando Jesús tomó el vinagre, todo está cumplido e inclinando la cabeza entregó el espíritu. (Juan 19,30).

Señor Jesús, al llegar a la cumbre del calvario te despojaron de tus vestidos y los echaron a suerte entre los soldados. Porque tú renunciaste a todo por nosotros. Luego te clavaron de las manos y de los pies a la cruz, para que no te bajaras nunca, ni siquiera para escapar al suplicio y probar que eras el hijo de Dios. Desde entonces en tu cuerpo brillan estas heridas como si fueran claveles rojos. Tu quedaste ahí, entre el cielo y la tierra. como un puente a través del cual pasan las súplicas que los hombres le dirigimos a Dios. Ahí Jesús, muriéndote de sed, abandonado de todos, estás perdonando, estás pensando en María y en tu discípulo amado. Estás llevando la seguridad del perdón y del paraíso a un facineroso que también moría contigo, estás Jesús entregando tu espíritu en manos de tu padre, ahí estás Jesús muriendo por nosotros como expresión definitiva de tu amor, pues como decías, nadie tiene mayor amor, que quien da la vida por sus amigos. Con esa muerte Jesús, nos has salvado y redimido y nos has dejado a una madre la mujer que te acompaño hasta el último momento de tu existencia, la que te amaba, como si no tuviera contigo sino un solo corazón y nos has entregado tu espíritu, porque deseábas quedarte en nosotros y con nosotros para siempre.

Sábado

Misterios Gozosos

1. La anunciación del ángel Gabriel a la virgen María y la encarnación del hijo de Dios

Él ángel le contestó a María: “El espíritu santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra. (Lucas 1, 35).

La primera rosa blanca que deshojamos hoy es la de agradecer a María porque aceptó generosamente ser la madre de Jesús. Dios le reveló el misterio de su amor, ella debía estar implorandole cumpliese las promesas hechas por medio de los profetas. Le pedía que como cae el rocío, así llegase el mesías esperado. El ángel Gabriel, le anunció que la alegría llegaba por medio de ella a la tierra. Le dijo que sería la madre de quien se sentaría en el trono de David, de quien regiría a los hijos de Israel. Sería el poder del Espíritu Santo, quien haría que las entrañas de nuestra señora floreciese y que la palabra de Dios tomase carne en tu cuerpo. María se declaró esclava del Señor y aceptó su misión. María hoy te saludamos, te agradecemos, nos alegramos contigo.

2. La visitación de la virgen María a su prima Isabel y santificación de Juan Bautista

Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se movió en su vientre y ella quedó llena del Espíritu Santo. (Lucas 1, 41).

Virgen María, queremos pensar en ti. Cuando caminabas presurosa por las montañas de tu tierra y querías visitar a tu parienta Isabel. Te imaginamos María cuando llegaste a casa de tus familiares y saludaste con las palabras de paz que eran usadas en tu pueblo. María, tú eres la madre del Señor, que te hiciste servidora de los hombres, tú eres reconocida y llamada feliz, porque en ti se cumplen las promesas de Dios y así te llamarán todas las generaciones. María tú, llena del Espíritu Santo, te convertiste en profesora de alabanza. Tu nos enseñas a proclamar la grandeza del Señor y a admirarnos ante el poder de nuestros Dios que hace maravillas entre quienes le temen, exalta a los humildes y alimenta a los hambrientos.

3. El nacimiento de Jesús en un portal de Belén

En Belén le llegó a María el tiempo de dar a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. (Lucas 2,6 -7).

Hoy quisiéramos María, ponerte un ramillete de rosas porque eres la madre amorosa que sostiene a Jesús, que lo contempla y lo besa, que lo acaricia y lo alimenta. Él es el hijo de Dios hecho hombre, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Él nació en la pobreza de un establo pero encontró los brazos tuyos y tu corazón amante, tú eres la madre de Jesús, la madre de Dios, ese es tu título más glorioso. Engendraste a tu creador, diste a luz a quien es el sol que nace de lo alto, cargaste a quien sostiene el mundo, protegiste al poderoso de Israel. María, recibe hoy nuestra gratitud, nuestra alabanza, nuestra veneración, permitenos acercarnos a ti como lo hicieron los pastores y los magos y contigo, envuelto en pañales encontrar al rey y al pastor de nuestros corazones.

4. La presentación del niño Jesús en el templo

Simeón dijo a María, éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel. (Lucas 2, 3-4).

Queremos contemplarte María, cuando fuiste al templo de Jerusalén para presentar a tu hijo en la casa de su Padre. Llevabas dos palomitas, signo de tu amor y de tu pobreza, te acompañaba José, tu esposo virginal. Fuiste acogida por dos ancianos, un hombre y una mujer. Simeón el anciano, quedó extasiado al contemplar a Jesús, lo llamó luz de Israel y salvador y a ti te anunció que la palabra del Señor, como si fuera una espada, se hundiría en tu corazón. La mujer anciana de 84 años no podía callar y anunciaba a todos los presentes la salvación de Israel. María, presentanos a nosotros también ante el Padre, a nosotros que somos pecado, pídele que nos ilumine. A nosotros culpables, suplícale que nos salve. Dile que deseamos vivir en tu presencia, convertirnos en su templo, en su morada.

5. La pérdida y el hallazgo del niño Jesús

Jesús les dijo: ¿Por qué me buscaban? no sabían que yo debía estar en la casa de mi padre. (Lucas 2, 49).

María, te queremos acompañar en la búsqueda de Jesús, guía nuestros pasos con la misma confianza angustiada con que anduviste mientras buscabas a tu hijo. Tres días tardaste en encontrarlo, que debieron parecerte una eternidad, pero luego te llenaste de gozo al verlo de nuevo. También nosotros queremos encontrarlo, queremos verlo, queremos escucharlo, queremos suplicarle que no se aleje de nosotros, queremos que nos enseñe a ocuparnos en las cosas de su Padre. Queremos aprender de él a crecer en edad, en estatura, en gracia y sabiduría. Queremos ser como Él, obedientes a la voluntad del Padre, queremos como tú, que no todo lo comprendamos, vivir pensando en Dios y guardando su presencia en nuestro corazón. Queremos imitar a Jesús en el silencio, en la humildad, en la obediencia, en la sencillez.

Domingo

Misterios Gloriosos

1. La resurrección de Jesucristo de entre los muertos

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana. Se presente Jesús y les dijo: “La paz con vosotros”, dicho esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. (Juan 20, 19- 20).

María, queremos alegrarnos contigo. Tu hijo a vencido la muerte y reina para siempre, Él lo había prometido y lo cumplió, porque es testigo fiel y veraz, porque él es el amén, en quien se cumplen todas las promesas de Dios a los hombres. Él está vivo, no es un fantasma, existe para comunicarnos la paz, la presencia de su espíritu entre nosotros, el perdón de los pecados, para enviarnos a predicar en su nombre y a formar discípulos. Para confiar sus corderos y sus ovejas al apóstol que lo ama, para demostrar que será feliz quien crea aunque no haya visto con los ojos del cuerpo, sino con la fe que ilumina la vida interior.

2. La ascensión de Jesucristo al cielo

Jesús alzando las manos, los bendijo y sucedió que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. (Lucas 24, 50).

María, queremos gozar con la exaltación de tu hijo al cielo, a la derecha del Padre. Es una fiesta gozosa que nos causa profundo regocijo, una fiesta gloriosa que manifiesta el poder de Dios, es una fiesta admirable que nos llena de estupor y nos hace prorrumpir en alabanzas. Pensamos en Jesús victorioso, que asciende entre aclamaciones y es reconocido como Cristo y Señor, ante quien toda rodilla se dobla, mientras toda lengua reconoce su señorío universal. Él es nuestra cabeza, a la que nos sentimos unidos y con la que debemos vivir para siempre. A Él lo esperamos, cuando venga glorioso sobre las nubes y mientras llega queremos trabajar en el mundo, construir la civilización del amor y extender por doquiera las fronteras de su reino.

3. La venida del Espíritu santo sobre los apóstoles en Pentecostés

Vinó del cielo un ruido como el de una rafaga de viento impetuoso, que llenó la casa donde se encontraban y quedaron todos llenos del Espíritu Santo. (Hechos 2, 2- 4).

Tú estabas con los 120 discípulos, núcleo de la iglesia primera e implorabas la presencia del espíritu santo, tú eras conocedora experimentada de cómo actúa ese espíritu de Dios. Él te había hecho la madre de Jesús, él había guiado tu alabanza en casa de Isabel, él había hecho profetizar al anciano que te recibió en el templo cuando fuiste a presentar a Jesús, él te recordaba lo que decía Jesús y te ayudaba a conservarlo en tu corazón. Él es el vino que necesita tu pueblo, que él mismo da cuando tú intercedes. Ahora María, queremos suplicarte consigas para nosotros y para la iglesia un pentecostés permanente. Que el espíritu venga y nos bautice, nos cubra con su sombra, nos llene de poder, nos unja con su óleo bendito, se derrame en nosotros como si fuera un diluvio que nos posibilite comportarnos como hijos del Padre y anunciar la resurrección del Señor y convertirnos en servidores de la iglesia.

4. La asunción de la virgen María al cielo

Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad. (1 Corintios 15, 53).

En este momento virgen María, queremos alegrarnos contigo porque esta es tu pascua. Nosotros creemos que tú estás para siempre con tu hijo en la gloria. No sabemos si moriste, si fuiste llevada al cielo sin morir, pero si creemos que Jesús te honró como un hijo puede honrar a la mujer que le dio la existencia en el mundo. Tu pascua, virgen María es un eco de la que vivió Jesús, es un don del espíritu que es Señor y dador de vida, esa pascua tuya es un nuevo signo. Si necesitaramos todavía uno más de nuestro tránsito definitivo hacia la gloria. Un día estaremos contigo en la gloria, será un momento de alegría inmensa contemplar tu rostro y aclamarte bienaventurada por siempre.

5. La coronación de María como reina y señora de todo lo creado

Una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. (Apocalipsis 12, 1).

Virgen María, te celebramos como la mujer coronada de estrellas y vestida de sol, como la triunfadora de la serpiente, como la imagen de la iglesia en quien se cumplen en plenitud las promesas hechas por Dios. María te contemplamos bendecida por Dios, tú la auxiliadora, el perpetuo socorro, la misericordiosa, la reina, la señora, la virgen. Todos los títulos que te damos son válidos cuando quieren expresar tu gracia y tu poder, recíbelos como humildes alabanzas en tu honor, pero sobretodo recibe el título de la ternura, del cariño filial y del amor. El título que te lleva nuestros besos y nuestras lágrimas, tú eres nuestra madre y tu corazón es el mar del amor hermoso en el que un día esperamos naufragar.


El Santo rosario es después de la Eucaristía, una de las oraciones más importantes de los cristianos católicos. El rosario es una oración Cristocéntrica, ya que se meditan los misterios de la vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que al lado de María, la Madre de Dios, oramos tanto por nuestras necesidades, y por las del mundo entero.

La contemplación del Santo Rosario, en sus misterios en profundidad, que son los llamados: gloriosos, dolorosos, luminosos y gozosos, nos llevarán a un camino de fe, amor y esperanza de la mano María, la hija predilecta del Padre.

Rezar el rosario, es dirigirnos por medio del camino que recorrió María, a los pies de Jesús pero no solo ver este recorrido, sino amarle, comprometerte fielmente con su obra, así como lo hizo ella, que fue una ofrenda agradable a Dios.

Rezar el rosario es comprometernos con Dios y con la su obra de redención, es orar por el amor y la unión de las familias, es luchar en la tierra sabiendo que tenemos una gloria en el cielo, es saber que no estamos solos, que tenemos la gloria de Dios a nuestros pies cuando lo invocamos con María.

 

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