Los vínculos familiares no siempre son fáciles: no basta sólo con el amor, las problemáticas suceden más allá del afecto. Uno de los lazos más difíciles de llevar es el que se establece entre nueras y suegras (lo mismo con yernos y suegros). ¿Cuál es el límite entre la buena intención y la invasión? ¿Cómo poner un freno sin generar un conflicto?  Claudia Messing, licenciada en Psicología y Presidente de la Sociedad de Terapia Familiar (SATF),  aclarar estas dudas.

Entendemos la invasión como una dificultad en la diferenciación, en la capacidad para discriminarse del otro. Una suegra invasiva es una madre que no logra diferenciarse suficientemente de su hijo o hija y, por lo tanto, no entiende que él o ella ya ha armado una nueva familia”, apunta la especialista.

Los vínculos familiares no siempre son fáciles: no basta sólo con el amor, las problemáticas suceden más allá del afecto. Uno de los lazos más difíciles de llevar es el que se establece entre nueras y suegras (lo mismo con yernos y suegros). ¿Cuál es el límite entre la buena intención y la invasión? ¿Cómo poner un freno sin generar un conflicto?  Claudia Messing, licenciada en Psicología y Presidente de la Sociedad de Terapia Familiar (SATF),  aclarar estas dudas.

Entendemos la invasión como una dificultad en la diferenciación, en la capacidad para discriminarse del otro. Una suegra invasiva es una madre que no logra diferenciarse suficientemente de su hijo o hija y, por lo tanto, no entiende que él o ella ya ha armado una nueva familia”, apunta la especialista.

Al ser consultada sobre la diferencia entre buena predisposición e invasión, la terapeuta aclara que “la diferencia la vamos a percibir a partir de lo que sentimos. La buena predisposición acepta indicaciones o pautas. La invasión la sentimos en el estómago, cuando ya es el momento de retirarse, de recuperar la intimidad y el otro no se conmueve; cuando se instala como si fuera su casa; cuando no espera indicaciones de la esposa de su hijo sino que toma totalmente la iniciativa sin que se lo pidan. La buena predisposición es generosa pero medida”.

Messing sostiene que, como paso previo, “es muy importante antes de poner límites acordar con la pareja para ayudarlo a percibir la dificultad, si todavía no lo ha hecho”. Entonces, “si los dos acuerdan o perciben la misma incomodidad, siempre es mejor que se lo pida el propio hijo”.

¿Cómo lograr este límite sin lastimar a esa madre que quiere saltar al nido ajeno? “El mejor límite siempre incluye la posibilidad de conmover al otro. Valorizar mucho su gesto, su disposición a ayudar y, a la vez, mostrar la propia necesidad. Por ejemplo, ‘yo te agradezco tanto la ayuda que nos diste con nuestro bebé, pero ahora necesitamos pasar a otra etapa donde podamos encontrar algún ritmo propio. Necesitamos aprender a organizarnos, y que nuestro hijo internalice un vínculo más íntimo con nosotros. Eso no significa que no te necesitemos. Pero también necesitamos aprender nosotros a ser papás. Espero realmente que me comprendas’”

Otro punto importante se refiere a presentar el tema en cuestión ante la pareja, evitando que el inconveniente afecte también el vínculo matrimonial. Según la psicóloga, “la forma de hablarlo con nuestra pareja es siempre desde la dificultad del otro, no desde la crítica. Simplemente señalar que a la madre le cuesta percibir el cambio, y que tenemos que ayudarla a que haga un proceso sin lastimarla, pidiéndole su comprensión y su ayuda”.

En este sentido, la licenciada explica que “lo que hiere a la pareja es señalar la dificultad de la madre como si ésta fuera totalmente intencional, como si a propósito buscara adueñarse y coordinar todas las situaciones como en su propia casa. Por eso el mejor lugar es pedirle su ayuda para encontrar nuevamente este espacio de intimidad”. Un tip que Messing recomienda es “preguntarle cómo hizo ella cuando era joven, cómo se sintió con su suegra, cómo vivió esta etapa”.

“Si después de intentar conmoverla y pedirle desde este lugar de necesidad, la suegra no se da por aludida, el hijo o hija pueden proceder a límites más precisos o puntuales: ‘te vamos a avisar con tiempo para que te organices, pero espera por favor que te llamemos’”, señala la psicóloga.

Finalmente, Messing apunta también que hay que tener en cuenta la otra cara de la moneda: “Además de las dificultades de las suegras, también están las de las nueras y yernos. Las nuevas generaciones pueden tener una gran susceptibilidad ante la ayuda del otro. A muchas parejas jóvenes les cuesta muchísimo darles lugar a los abuelos, por ejemplo. Necesitan tener totalmente el control y viven cualquier ofrecimiento por parte de ellos como invasión. Pueden llegar a poner pautas muy rígidas y no permiten acercamientos espontáneos. De modo que la dificultad hoy entre suegras y nueras o yernos puede estar en ambos extremos del vínculo”.