Nuestra Vida debería ser una apuesta permanente hacia el amor, a hablarnos,  mirarnos con amor y a ser menos jueces de quienes nos rodean, familia, amigos, compañeros.

Deberíamos aprender a decirnos cuánto nos queremos y nos extrañamos, a abrazarnos y a disfrutarnos más, a vivir momentos agradables que nos unan y nos llenen la vida de amabilidad y emociones positivas, a pasar más tiempo juntos. Ese, el amor, debería ser nuestro alimento básico, antes que el pan incluso.

Pero mira que irónica es la cosa: Somos expertos en regaños, en malos presagios, en poner distancias, en almacenar rencores y malos momentos; esos últimos los llevamos a la mano, listos para disparar con la mayor agresividad y capacidad de daño posibles. Mantenemos la alerta para al menor movimiento poner de primeros nuestro venenoso dardo porque nos  criamos con  el lema de “El primero que pega, pega dos veces”.

Un día, inesperada y callada “Porque nadie sabe el día ni la hora” llega la muerte,  nos toca a la puerta y crudamente se lleva a alguien que amamos. Alguien a quien no sabíamos que necesitábamos tanto y nos damos cuenta en ese momento,  de todo lo que no le dijimos, de los besos y abrazos que no dimos o los perdones que no pedimos o expresamos.

Con ese dolor terrible despedimos a quien se fue, cargando además de con  el dolor de la ausencia, con el dolor del amor no manifestado, de los abrazos no dados, de los lo siento mucho no dichos, de los te necesito y te amo no hablados que hacen de la muerte y su dolor algo que se nos pega en el alma y nos acompañará largamente. No esperemos  para reunirnos como familia estar en las funerarias

Hagamos la apuesta por vivir en el amor, por decirnos que nos queremos, por reírnos juntos, por no criticarnos y regañarnos tanto. Hagamos una apuesta que nos haga  la vida más llevadera y agradable.  Esa apuesta la propuso Jesús hace más de 20 siglos y no hemos logrado entenderla.